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PAISAJE SONORO

guitar-case-485112_1920foto: E. Jaugsburg

Si cierras los ojos ¿qué oyes? ¿El vago zumbido de un ordenador, o el arrebato cantor de un pájaro? ¿Algún anciano electrodoméstico, cascarrabias y recalcitrante? ¿Cuál es tu paisaje sonoro?

Al mudarme a Madrid desde la Sierra, he mudado también de sonidos. En primer plano, los diversos ronroneos eléctricos del piso en el que vivo. Un golpe de viento en el toldo, el brusco frenazo del ascensor y el choque metálico de sus puertas al cerrarse. Los vencejos al caer la noche, la música que acude desde lejos, desde alguna terraza de alguno de los hoteles que ahora nos colonizan. Tráfico de día, y de noche, a veces, rayando ya la madrugada, gritos de fin de fiesta, de borrachera de muchas horas, a veces alegres, a veces furiosos.

Anoche, en la Plaza de Oriente, el paisaje sonoro del barrio se iluminó con cuatro músicos clásicos y callejeros. Venezolanos por más señas, quién sabe cómo habrá sido el viaje de cada uno para llegar hasta esta plaza, esta noche. Pero allí estaban, en un sencillísimo escenario creado con la simple colocación de unas velas en semicírculo: proscenio encendido. Me senté cerca, con mi sobrino Lorenzo y Lolo, nuestro perro. Corría un poco de aire desde la cornisa del Palacio Real, las notas volaban elegantes y sobrias, y me sentí por un rato regalada de vivir en esta ciudad, con sus oasis de belleza.

Hace varias semanas que juego con la idea de también yo ponerme a tocar y cantar en la calle. Me atrae y me asusta, por igual. Tengo miedo de resultar cutre, de dar pena. Y me atrae la idea de coger la guitarra y crearme un escenario dónde y cuándo yo quiera, sin tener que esperar a llamadas telefónicas, acuerdos económicos, facturas. Tengo ganas de cantar, y me parece una opción real, alcanzable, en un momento de pocas opciones.

Hoy me acerqué al Ayuntamiento a presentar mi solicitud para una autorización de músico callejero. El funcionario me habló de Usted todo el rato, lo cual me hizo sentirme muy rara. Hice el esfuerzo de no preguntarme que pensaría de mí.

No sé qué pensarán de mí las personas que escuchan mis canciones y las aman. No sé qué les parecerá a mis alumnos, a las personas que me contratan para enseñar o para cantar, a mis compañeros de profesión. Qué dirán mi pareja, mi hijo, mis amigos. Al final, da igual. Siento esta necesidad de seguir cantando, de seguir mostrando y comunicando, y ahora éste parece el paso más asequible para mí. En un tiempo, no muy largo, me uniré a la cohorte de músicos de la calle que, con mayor o menor fortuna, dan color al paisaje sonoro de esta ciudad. Entraré a formar parte de ese paisaje. Deséame suerte.